.:: La montaña de León, las plumas de gallo y los asturianos.

La montaña de León en toda su extensión geográfica es un paraje singular y pleno de belleza. Siguiendo el cauce de los ríos Bernesga, Torío, Curueño. Porma, Esla y Sil, la grandiosidad del entorno causa sensación al visitante. Es la vertiente sur de la cordillera, muy similar a nuestra Asturias y territorio muy querido por los leoneses y apreciado por los asturianos, como es mi caso, que frecuento desde niño los contornos montañeses del Curueño con capitalidad en La Vecilla.

Y hablar de la montaña de León es referirse generalmente a un paisaje luminoso y cargado de horas en verano y frío, eterno y níveo en invierno. La temporada estival es el momento escogido por muchos asturianos para disfrutar de un apacible ambiente y casi seguro de sol con la brisa de la montaña de acompañante. Montañas, praderías, colladas, caminos y ríos rumorosos convierten a este espacio leonés en una especie de balneario muy salutífero para superar las patologías del nuevo urbanita. Y hablando de lugares para relajarse, nada mejor que acercarse por los entornos del municipio de Valdepiélago en la ribera del Curueño. Aquí se encuentra el tranquilo caserío de Ranedo de Curueño, oculto en una delicada vegetación, orientado a la solana y escoltado por la atractiva Peña Valdorria. Es el antiguo "Ranera", lugar de esparcimiento, que se encuentra citado en documentos leoneses del año 1069. En este solar conviven perfectamente el ganado vacuno y los gallos de corral. Dos especies abundantes en la zona y que gozan de enorme predicamento por su calidad. En lo referente a los gallos de pluma. en este rincón destacan los llamados pardos e indios, estupendos para la confección de anzuelos de pesca. Su fama viene de lejos. En el célebre manuscrito de Astorga de 1624 ya se citan estos artilugios como los mejores de todo el país por su textura y color. Se trata del primer catálogo de moscas artificiales para la pesca de la trucha y explica la variedad e importancia de estos gallos autóctonos. Y en la zona es frecuente ver estos gallos tan llamativos y cargados de pureza cantar de madrugada y casi a cualquier hora del día. En la casa de turismo rural El Canto del Gallo, en Ranedo, el espectáculo de los gallos subidos a la fuente del pueblo para lanzar sus cánticos que llenan el espacio matinal, es digno de observar. Y de estos gallos existen en Valdepiélago, Otero, La Vecilla y La Cándana auténticos artesanos de este viejo oficio que comercializan sus labores en toda España y en varios países europeos. Estos contornos del Curueño son el círculo mágico de una artesanía notable y caprichosa y asimismo lugares recogidos y aptos para la cría de este tipo de gallos.

Y estando en tierra de hoces y caprichos geológicos, merece la pena conocer el Faedo de Ciñera en la comarca de Gordón a la vera del río Bernesga. Un paraje desconocido para muchos pero que tiene el atractivo de la belleza serena y limpia de un claustro natural. Atravesando varias minas de montaña se accede a ese templo boscoso. Por este lugar umbrío y sosegado pasaban hace 150 años los hombres de Villar del Puerto y de Vegacervera que se dirigían al trabajo de las minas. Fueron muchos los que fenecieron en el Puente de Palos al intentar atravesarlo. El camino era duro y sinuoso, especialmente en época de nieve. El arroyo del Villar, un pequeño regato veraniego, con varias cascadas, se convierte en el invierno en un tormento fluvial... Y en este lugar las leyendas se suceden. El hayedo es un rincón idílico y cargado de belleza natural. En el centro de este bosque destaca el popular Fagus, un haya de más de 500 años de vida con un perímetro de 32 metros y una altura de 23. Todo un símbolo para los amantes de la naturaleza. Ese Faedo de Ciñera significa todo un emblema natural que nada tiene que ver con las proximidades de la localidad minera y escondida en la tristeza de un pasado mejor.
Y siguiendo en la montaña leonesa, lo ideal es volver a Lois, ese bello pueblo en los altos de Crémenes cerca de Riaño, donde se encuentra la llamada catedral de la montaña, un edificio religioso que deslumbra al visitante por su configuración y estilo. Del siglo XVII, fue construido por el poder religioso con el apoyo de familias nobles de la zona. Ascender a este rincón montañés es recrearse con el paisaje y con la vida costumbrista de sus moradores. Y en cada rincón del camino o de la vereda siempre aparece un asturiano, de barriga amplia y voz en grito, que huye del calor sofocante de la meseta y se refugia en estos pueblos de piedra y madera con olor a río y a cecina. Al caer la tarde, los veraneantes se dejan llevar por los pasos tranquilos en las proximidades de los bosques de ribera del Curueño, del Torío o del Esla... momentos de tranquilidad y fuerza de espíritu. Las noches se pueden convertir en un encuentro amistoso en torno a buenas viandas de la tierra. En Casa Ezequiel en Villamanín, La Praiona y Córdoba en Boñar, Orejas en La Vecilla, Zaguán de Colín en Valdepiélago y el Rincón de Nocedo... están los más genuinos embajadores de la cocina leonesa tradicional de estos valles. Los turistas de paso saben muy bien lo que ofrecen estos lugares en plena canícula. Como trasfondo, se oían comentarios sobre el paso por las Encartaciones del Curueño de una autopista eléctrica. La población no acepta semejante desatino para unos valles que, de llevarse a efecto ese proyecto, perderían su virginidad y su encanto natural.

Carlos Cuesta es presidente Asociación Asturiana de Periodistas y Escritores de Turismo (ASPET).


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